Creo que nadie ha sufrido tanto conmigo como lo hizo mi profesora de filosofía (¡Hola Isa!) en mi último año de colegio. La pobre mujer me decía entre risas que podía ser perfumista, por eso de que en vez de enrollarme en palabras iba directa a la esencia, aunque sé que en su momento ella lo pasó muy mal conmigo por mi falta de capacidad para marear la perdiz en los exámenes.

Ahora que me dedico a esto hay muy pocos días en los que no me acuerde de ella, porque tengo grabado a fuego en mi memoria el tenerla delante y pensar “pero si yo adoro las palabras, ¿de verdad lo estoy haciendo tan mal?”

Por si os lo estáis preguntando, la respuesta es no. La vida es un cambio constante y nunca hay una única manera de hacer las cosas, de la misma manera que no hay una sola forma de verlas y sentirlas. Y con mi pasión por las palabras pasó lo mismo. Tuvieron que pasar 8 años para que yo descubriera que la caligrafía es un arte que sigue vivo y que, con mucho esfuerzo y tiempo, puedes aprender y dominar.

Prefiero escribir una frase de cuatro palabras que te hagan sentir, que es precisamente lo que el arte tiene que hacer, a tres hojas llenas de oraciones compuestas que te confunden y lo único que te generan es frustración.

Así que, aunque mucho sufrimos las dos durante aquel curso de filosofía, hoy por hoy me gusta bromear con que soy perfumista de palabras.

Creo que nadie ha sufrido tanto conmigo como lo hizo mi profesora de filosofía (¡Hola Isa!) en mi último año de colegio. La pobre mujer me decía entre risas que podía ser perfumista, por eso de que en vez de enrollarme en palabras iba directa a la esencia, aunque sé que en su momento ella lo pasó muy mal conmigo por mi falta de capacidad para marear la perdiz en los exámenes.

Ahora que me dedico a esto hay muy pocos días en los que no me acuerde de ella, porque tengo grabado a fuego en mi memoria el tenerla delante y pensar “pero si yo adoro las palabras, ¿de verdad lo estoy haciendo tan mal?”

Por si os lo estáis preguntando, la respuesta es no. La vida es un cambio constante y nunca hay una única manera de hacer las cosas, de la misma manera que no hay una sola forma de verlas y sentirlas. Y con mi pasión por las palabras pasó lo mismo. Tuvieron que pasar 8 años para que yo descubriera que la caligrafía es un arte que sigue vivo y que, con mucho esfuerzo y tiempo, puedes aprender y dominar.

Prefiero escribir una frase de cuatro palabras que te hagan sentir, que es precisamente lo que el arte tiene que hacer, a tres hojas llenas de oraciones compuestas que te confunden y lo único que te generan es frustración.

Así que, aunque mucho sufrimos las dos durante aquel curso de filosofía, hoy por hoy me gusta bromear con que soy perfumista de palabras.